Ávila.
Hace un frío que pela. Estás en fila, vestido con tu ropa de siempre, junto a un millar de desconocidos que se supone han de ser tu seguro de vida el día de mañana.
La fila avanza lenta, pero inexorable. Cuando te vas acercando, puedes ver el preciado tesoro: un montón de cajas de cartón apiladas una encima de otras. Una de ellas lleva tu nombre. ¡Te lo has ganado!
Al final llega tu turno, coges tu caja nervioso de manos de uniformado y te vas a paso ligero a tu habitación. Te ha tocado el bloque que más lejos está. ¡Que putada! Estás deseando llegar y probártelo todo.

La imagen impone. Por fin vistes el uniforme. Ahora te sientes poco más que disfrazado, pero pronto dejarás de ir vestido de policía, y empezarás a ser policía. De momento, te haces un millón de fotos y las mandas a todos los grupos de whatsapp que tienes en el móvil. El camino es largo y sólo acaba de empezar, pero el final es lo de menos, porque vas a disfrutar del proceso como un niño. Un niño que ha cumplido su sueño.
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